Recuperar los cadáveres de las víctimas del franquismo tras décadas enterrados en cualquier lugar no supone reabrir heridas, sino cerrarlas

El 28 de octubre de 2000 fue un día histórico en el pequeño pueblo leonés de Priaranza del Bierzo. Aquel sábado, terminaron las labores de exhumación de una fosa común situada en una pequeña parcela en la entrada de la localidad. Era la primera realizada con métodos científicos, apoyada en el cruce de disciplinas que sostiene hoy cualquier exhumación: la historia, la arqueología, la antropología y la genética.

a-link-track-dtm="">De aquella chispa prendió una hoguera que todavía arde, la de la memoria. Como recuerda una placa conmemorativa, esta exhumación “rompió el silencio sobre miles de desaparecidos y dio lugar al nacimiento de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica”.

25 años después, en un momento donde el blanqueamiento de la dictadura es paralelo al auge de la extrema derecha, merece la pena recordar este hito y el impresionante movimiento que desencadenó. Porque recuperar los cadáveres tras décadas enterrados en cualquier lugar, lejos de sus familias, y reivindicar su dignidad y su recuerdo, no supone reabrir heridas, sino cerrarlas. Y continuar con esta labor en la larga lista de fosas todavía pendientes, aunque llegue tarde, contribuye a construir democracia.