Indonesia negó el visado a los israelíes alegando que, “más que la alegría”, provocan “la ira de la población”

Se celebran desde el domingo en Yakarta unos Mundiales de gimnasia sin la diosa Simone Biles, que en año posolímpico alarga la duda de si regresará a la alta competición, y

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de-que-se-expulse-a-israel-de-las-competiciones-deportivas-mientras-no-cese-la-barbarie-contra-los-palestinos.html" data-link-track-dtm="">sin la participación de Israel, vetado por Indonesia, que ha negado el visado de entrada a sus deportistas.

Que no esté, voluntariamente, Biles entristece a los amantes del deporte, privados de ver competir a la maravilla de las maravillas, y, quizás, alegre a Kaylia Nemour, la radiante gimnasta de Argelia que, después de dejar boquiabierto al mundo con su ejercicio de asimétricas en los Juegos de París, denunció por acoso a sus entrenadores, se fue a vivir a Dijon y se siente con fuerzas para asaltar el trono del concurso completo. La ausencia, forzada, de Israel preocupa al Comité Olímpico Internacional (COI), que recuerda en un comunicado el acuerdo de paz propiciado por Donald Trump, ve en peligro el ingenuo ideal olímpico de que el deporte está por encima de fronteras y guerras.