El epicentro del violento episodio de lluvias en Cataluña queda conmocionado por la cantidad de destrozos sufridos, mientras el Govern ultima un paquete de ayudas

El reloj del campanario que preside la plaza de la iglesia de Godall (Tarragona) está averiado y las agujas permanecen clavadas marcando las seis y cinco. El domingo por la tarde, justo a esa hora, los 600 vecinos estaban paralizados por una cascada de agua embravecida que invadió las calles y arrasó con todo. La súbita ola, a...

celerada desde las montañas que rodean el pueblo, reventó puertas y tumbó muros para inundar plantas bajas y dejarlas tapizadas de lodo. Mientras, desde las ventanas los vecinos veían pasar un carrusel de coches arrastrados. Este lunes por la mañana, media docena de vehículos seguían amontonados y abollados frente a la fachada del ayuntamiento.

En lo alto del techo de un Toyota plateado, una sillita infantil de seguridad. La recoge Albert, padre de un bebé de 11 meses, que anda agobiado hablando por teléfono con la compañía aseguradora. “Es mi coche y, el de delante, es el de mi pareja. Lo compramos hace un mes”, dice, señalando un Audi blanco. “Estamos todos bien, y eso es lo que cuenta”, indica con aplomo. Los daños son mayúsculos tras un fin de semana de nubes negras, pero en la ausencia de víctimas y de desaparecidos se cuela la luz.