A las 21.25 Dios bajó a la pista. A las 22.25, su rayo regresó a Jamaica.
Usain Bolt. Más que Zeus enfurecido, un Buda de geometrías curvas y sonrisa. Camiseta negra por fuera del pantalón cobijando una redondez cervecera bajo los pectorales, una capa de blandura sedimentada a los 39 años donde antes reinaban chocolatinas de acero. El humano más rápido por los siglos de los siglos (9,58s los 100m; 19,19s los 200m) coloniza las pantallas. Lanza su relámpago con energía juvenil, lanza su relámpago con energía hacia el cielo, deja fríos a los niños y melancólicos a los viejos.
Bendice a los mortales que como él viven y sueñan para convertirse en rayos y se retira a las gradas, preparado para divertirse con sus esfuerzos, aunque antes tiene 29 minutos para compadecerse del sufrimiento de los fondistas condenados a dar 25 vueltas a la pista, a 30 grados en la noche envueltos en una atmósfera que se mastica, tan espesa es la humedad, en la final de los 10.000m, tan lenta como cálida es la noche, que da la victoria (28m 55,77s) Jimmy Gressier, un francés con mirada iluminada y sprint de fuego que consigue lo que Zatopek le negó siempre al gran Alain Mimoun en los Juegos Olímpicos.
El 10.000, la prueba más lenta, es el prólogo ideal para que la electricidad de tormenta seca en el aire de Tokio se concentre en el estadio, se transforme en velocidad, para que se condense y alargue el suspense. Y, después, un pequeño aperitivo para ir abriendo el hambre: la final de los 100m femeninos, la de la despedida de Shelly Ann Fraser Pryce (sexta, 11,03s), que se cuenta con la victoria de la tímida y mínima norteamericana Melissa Jefferson con unos 10,61 atómicos, cuarta marca de la historia, a 12 centésimas del récord mundial imposible de Florence Griffith en el siglo pasado y récord de los campeonatos. “En lugar de presionarme y agobiarme, abracé la presión”, dijo la velocista de 24 años, que solo contaba en su historial con dos oros con el relevo estadounidense y un bronce en París. “Todo ha sido como un abrir y cerrar de ojos. El resto de la carrera fue como un abrir y cerrar de ojos. Salí fuerte y cuando crucé la línea fue como ¡Oh guau, gané! Nunca me he sentido más feliz”.










