El protagonismo que ha logrado Sílvia Orriols en los actos independentistas de la Diada revela la dificultad de encarar el desafío político que representa. Los organizadores de la manifestación independentista le pusieron sin querer una alfombra roja para integrarse, como una opción tan legítima como las demás, en la construcción del movimiento que, utilizando su terminología, ha de conducir a la “liberación de Cataluña”. Le han dado la venia sin darse cuenta de que, lejos de ser una más, su presencia implica una resignificación del propio movimiento. Hay cuestiones que no admiten ambigüedades.
Es cierto que tanto Lluís Llach, presidente de ANC, como Xavier Antich, líder de Òmnium, se prodigaron en los días previos en señalar la distancia que les separa del ideario de Aliança Catalana, a la que caracterizan como una formación xenófoba y antidemocrática. Pero en ningún momento apuntaron nada que se pudiera parecer a un veto o un cordón sanitario. Cuando se le preguntó, Lluís Llach se limitó a decir que los organizadores no invitaban a ningún partido y, por tanto, tampoco a Aliança Catalana. Pero añadió que si los militantes de esa formación querían participar en la manifestación, serían bienvenidos, como lo era cualquier independentista, tuviera la ideología que tuviera.






