Supón que estás en el Louvre admirando la Mona Lisa, que ya sé que es mucho suponer, cuando de repente te entra un vídeo de tu influencer favorito que asegura que Da Vinci era en realidad un robot enviado desde el futuro para animar un poco el Renacimiento italiano. ¿Y ahora qué? ¿Seguirás mirando el cuadro con la misma devoción? ¿O ya no te parece para tanto?...
Hazte la misma pregunta con esa fuga de Bach que te hace saltar las lágrimas, o tu canción favorita de los Beatles, o de Taylor Swift. Si te enteras de que esas partituras fueron escritas por una inteligencia artificial, ¿te seguirán gustando igual o de otra forma? ¿O de ninguna forma?
Pasa algo vagamente similar con Louis-Ferdinand Céline. Si leíste Viaje al fin de la noche antes de saber que Celine denunció a sus vecinos judíos a la Gestapo, y ello con nombres, apellidos y direcciones, es posible que después recuerdes la novela con otros ojos. Y si no la has leído, lo más probable es que ya no la leas, pese a su indudable calidad literaria. Bien mirado, no es tan fácil que tu artista predilecto resulte ser Santa Úrsula en su vida privada. Los genios suelen ser gente insoportable, y a menudo no los aguanta ni su padre. Hasta qué punto estamos dispuestos a transigir con sus defectos es una opción personal, aunque influida por los valores del entorno y del momento histórico. Que un novelista fuera adúltero sería casus belli en la Inglaterra victoriana, pero hoy tiene tanta importancia como que un músico se drogue: ninguna.






