No hay un lugar seguro en Gaza; ni siquiera hay ya espacio para alzar una precaria tienda de campaña en la supuesta “zona humanitaria” de Al Mawasi, en el sur de la Franja, un estrecho erial costero de unos diez kilómetros cuadrados al que el ejército israelí ha ordenado dirigirse a toda la población de su capital, Ciudad de Gaza. Este martes, el portavoz en árabe del ejército israelí, Avichay Adraee, ha dictado una orden de desalojo final de la primera urbe del enclave, donde subsisten a duras penas varios centenares de miles de personas. A pesar de ello, Maryam, el nombre falso de una palestina de 40 años, ha decidido quedarse. Cree que su suerte y la de su familia está echada: “De todas maneras, en Gaza, todos estamos ya muertos: es solo cuestión de tiempo”, dice.
Como ella, otros habitantes de esa ciudad milenaria, ahora casi reducida a escombros, han decidido desoír esa orden, las amenazas del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y de su ministro de Defensa, Israel Katz, que incluso prometió desatar un “huracán” sobre la ciudad, así como la ominosa advertencia que están representando estos días los continuos bombardeos de los edificios residenciales más altos de la capital Al igual que Maryam, otros palestinos, según testimonios recogidos por este diario, se quedan en la capital gazatí. No saben qué hacer ni tienen dónde ir en un territorio abarrotado en el que incluso las zonas designadas como “humanitarias” por Israel son bombardeadas sin descanso desde hace casi dos años, los que dura la invasión israelí







