Hace tres años, en uno de esos domingos de fiesta que se celebran en el festival Brunch Electronik, en el parque Tierno Galván, el colombiano Santiago B., un politólogo de 32 años que trabaja en una oenegé en Madrid, celebraba el final del verano. Esa misma noche, a 347 kilómetros de distancia, en la localidad valenciana de Llíria,

/ccaa/2014/05/06/andalucia/1399380690_867494.html" data-link-track-dtm="">una mujer denunciaba a su novio por maltrato. Por razones que aún hoy resultan difíciles de explicar, ambas historias han quedado entrelazadas durante los últimos tres años, tiempo en que el politólogo ha cargado con la sospecha de ser un maltratador. El motivo no ha sido otro que el hecho de que el nombre del denunciado y el del supuesto autor de los hechos coincidía en nombre de pila y primer apellido. “Al comienzo tenía mucho miedo de que fuera una estafa. Fue una carga psicológica muy dura”, asegura.

Esta semana, en un juzgado de instrucción en Valencia, ha verificado lo que era evidente desde el primer momento: que la policía se había equivocado de Santiago. Por el camino queda una historia llena de errores, algunos con tintes surrealistas y, finalmente, un presunto delito de violencia de género que ha quedado por ahora sin castigo porque, por el momento, no han dado con el verdadero culpable.