Esta columna iba a versar en su totalidad sobre la cancelación de Por el amor de Dios, la comedia de temática religiosa de los hermanos Caballero, cuya morada iba a ser HBO Max. Hace pocos días, ambos lo anunciaron en sus redes sociales: el proyecto no proseguía “por diferencias irreconciliables en el contenido”. Los que trabajamos en televisión sabemos que ninguna emisión está garantizada hasta después de que ocurra, pero aun así, es descorazonador que ni siquiera haya confianza plena en creadores de más que probada solvencia y éxito
allero-lo-divertido-de-la-tele-es-que-nadie-tiene-ni-idea-de-lo-que-lo-va-a-petar.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/television/2022-11-20/alberto-caballero-lo-divertido-de-la-tele-es-que-nadie-tiene-ni-idea-de-lo-que-lo-va-a-petar.html" data-link-track-dtm="">como los hermanos Caballero. ¿Dónde nos deja eso a al resto de currantes del sector?
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He comenzado escribiendo en pasado porque por el camino, gracias a la intervención de Pere Estupinyà el pasado domingo en A vivir, nos hemos enterado de otras dos cancelaciones aún más desalentadoras: las de El cazador de cerebros y Órbita laika en RTVE. Lo son de un modo diferente a la anterior: la de Por el amor de Dios apela a la inseguridad constante de quienes nos ganamos el pan en la tele y confirma la desmoralizadora certeza de que ni siquiera el éxito rotundo le garantiza a uno poder crear en sus propios términos. Las de El cazador de cerebros y Órbita laika vienen a confirmar que ni siquiera la casa de todos, esa en la que la audiencia no tendría por qué ser el valor primordial, es un lugar seguro para programas de probado prestigio y servicio público.






