Son las once de la mañana, el día ha amanecido fresco y Marc Giró aparece pimpante recién bajado del AVE que lo trae desde Barcelona, donde reside, a Madrid, donde vivió 25 años, vestido con una camisa de manga larga y un suéter sobre los hombros. Si es friolero o previsor, o las dos cosas, es una de las muchas preguntas que se me quedan en el tintero ante el intenso, y brillante, vendaval oral que despliega en cuanto nos presentamos. Charlamos en una gigantesca y ultramoderna cafetería-restaurante-discoteca al lado del Museo Reina Sofía, donde saluda y pega la hebra con todo el mundo. Al salir, la señora de al lado, que no se ha perdido ripio de la conversación, le pide una foto, y, al final, es ella casi la que se despide porque tiene prisa. Decir que Giró es, o al menos parece, hipersociable es quedarse corto. Por algún sitio hay que hincarle el diente.
¿Está de campaña para hacer parroquia?
Uy, me sorprende que me digas eso, porque yo voy por la vida en pelota picada, a galope tendido. No mido. No sé medir. Cuando hay que ir rápido voy lento, y viceversa. No soy reflexivo, soy social. Me gusta la gente.
¿Qué hace cuando, como ahora, está en capilla de un estreno? ¿Reza?
Calla, te juro que lo que me embarga es una certeza: yo no sé hacer esto. Como me conozco y me pasa siempre, ya no me paraliza. Antes, en vísperas de algo, me quería ingresar, tomarme un Orfidal, huir. Pero ahora, me limito a sufrir en silencio y esperar que llegue el día de autos.






