Los asistentes de la Arthur Ashe se preguntan nada más cerrarse el primer turno nocturno si esto tal vez sea un regreso, o bien algo pasajero; si esa tenista que ha recuperado la precisión y la pegada durante estos días va en serio y tal vez pueda retroceder hacia ese imponente pasado no tan lejano, cuando apareció en Nueva York, triunfó, lloró y se llevó un gran imperio por delante; si la estrechez entre un compromiso y otro —este mismo jueves saltará a la pista otra vez, tan solo veinticuatro horas después de haber resuelto el acceso a las semifinales— será demasiada para ella, ya desacostumbrada a recorridos de estas características; y, sobre todo, los aficionados se plantean si Naomi Osaka será capaz de ganar otro Grand Slam. ¿Realidad o ilusión?
El caso es que la japonesa, en su momento en lo más alto y ganadora de cuatro grandes entre los 18 y los 22 años, ha hecho un descubrimiento: al parecer, necesita el tenis mucho más de lo que pensaba. Un día estuvo ahí, arriba del todo, dominando, pero luego sencillamente se desenganchó. Lo cuenta después de batir a Karolina Muchova por 6-4, y 7-6(3), en 1h 49m: “He descubierto que amaba este deporte mucho más de lo que pensaba y que me encantan los desafíos. Esto es como una especie de videojuego; empiezas la partida y si pierdes, simplemente reinicias y continúas hasta que finalmente ganes. En ocasiones es complicado, pero no lo cambiaría por nada del mundo”.










