La reunión que ayer celebraron en Bruselas el presidente de la Generalitat, el socialista Salvador Illa, y el expresidente Carles Puigdemont supone un nuevo paso en el proceso de normalización política de Cataluña que comenzó con los indultos a los líderes del procés encarcelados y que posteriormente continuó con la ley de amnistía, todavía pendiente de aplicación total. La imagen del apretón de manos entre ambos dirigentes supone un espaldarazo para quienes han defendido que, incluso en momentos de gran tensión, los políticos no pueden dejar de hablar. Por rivales que sean o por alejadas estén sus ideas. Al fin y al cabo, el diálogo entre quienes piensan diferente está en la base de la democracia, aunque algunos defiendan el conflicto permanente, que tanto daño hace a las instituciones.

Illa ha decidido reunirse con Puigdemont pese a negarse a ello en el pasado y a haber incluso renegado de la amnistía antes de las elecciones generales de 2023, que convirtieron a Junts en una pieza clave para el sustento del Gobierno de Pedro Sánchez. Dicha rectificación, provocada por necesidades del guion electoral, puede verse hoy como una adaptación a la nueva realidad que vive Cataluña tras la década perdida del procés y, en buena medida, como una contribución a un clima mucho más respirable. Flaco favor hacen a esa mejora —que certifican todas las encuestas— quienes, desde posiciones tremendistas, ven en la reunión de ayer una rendición del Estado de derecho o una genuflexión del Ejecutivo central y sus correligionarios, en este caso, alguien de la máxima confianza de Pedro Sánchez como Salvador Illa.