Las interferencias en el GPS, como las que sufrió el avión en el que viajaba Ursula von der Leyen el pasado domingo, se han convertido en un quebradero de cabeza para los pilotos que sobrevuelan el este de Europa. El chárter que trasladaba a la presidenta del Ejecutivo comunitario de Polonia a Bulgaria es uno de las decenas de miles de vuelos —centenares cada día— que se han visto afectados en los últimos tres años por las perturbaciones en las señales del sistema de posicionamiento global atribuidas a acciones deliberadas de Rusia. Esa práctica ha crecido con fuerza en los últimos meses.
Desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania, en febrero de 2022, las interferencias en el GPS —que afectan tanto a la aviación como a la navegación marítima— son recurrentes en los países más cercanos a la guerra. Este tipo de interrupciones son habituales en las zonas de conflicto y sus alrededores y el Kremlin sostiene que se deben exclusivamente a operaciones de guerra electrónica con fines defensivos, una serie de actuaciones destinadas a proteger las infraestructuras críticas del país de ataques externos. Esas explicaciones no convencen demasiado a la UE, que sancionó el pasado julio a nueve ciudadanos rusos por este motivo, entre ellos los dos militares de mayor rango del 841º Centro Independiente de Guerra Electrónica de la Flota del Báltico.











