Los dedos de mis pies se aferran como ridículas garritas al borde de la piscina. Abajo el agua, de un azul artificial, ondula y distorsiona la cuadrícula de azulejos, como en un diagrama del espaciotiempo en la Teoría de la Relatividad General.

Estoy aquí para tirarme a agua.

Alrededor sucede la piscina municipal de Usera, Madrid, donde los chavales juegan a tirarse a bomba con gran alboroto, las madres gritan de lejos a sus hijas, las amigas se cuentan confidencias con los pies en remojo, suena la radiofórmula al tiempo que alguien saca un bocata envuelto en papel de aluminio y un tupper con trozos de sandía.

Pero yo estoy aquí para tirarme a la piscina. Me enfrento solo a mi destino. Estoy erguido en mitad del mundo, dentro de una burbuja en la que nada penetra. Con el bañador de palmeras que compré el otro año en Benidorm.

Quiero tirarme a la piscina, pero no me tiro. Sé que el agua está fría o al menos más fría de lo que espera mi cuerpo. Le digo a mi cuerpo: tírate, tírate ahora. Pero mi cuerpo permanece extrañamente inmóvil, como si se hubiese declarado en rebeldía. Le digo: venga va, tres, dos, uno… Pero nada: mi mente, esa voz que habla, esa voz que dice esto, ha perdido por completo el control mis extremidades.