La misma escena se repite cada mañana y cada tarde desde hace varios meses. Los colonos, a veces solamente dos o tres, llegan a la aldea beduina de Ras ‘Ein al ‘Auja, en el este de Cisjordania, con varias decenas de ovejas. A menudo no van armados y no amenazan directamente a las familias beduinas que viven en esta zona del sur del valle del Jordán desde hace décadas; simplemente dejan que los animales pasten y campen a sus anchas durante un buen rato. Y después se van. Los lugareños intentan contenerse ante la provocación, porque saben que si p...
ierden la paciencia, les empujan o increpan, decenas de colonos bajarán en cuestión de minutos del asentamiento israelí que está a escasos 600 metros y ellos podrían acabar heridos, detenidos o con su casa en llamas, como ya ha ocurrido con otros pastores en pueblos vecinos y han documentado ONG, activistas y organismos de la ONU.
“Alguien tiene que encontrar la manera de protegernos, por favor. Esta tierra es mía, la compré hace 30 años, tengo todos los documentos que lo demuestran”, suplica, casi a modo de saludo, Odeh Amriyin, un beduino de 75 años que fue pastor nómada hasta instalarse en Ras ‘Ein al ‘Auja, donde hoy viven 120 familias.







