El diccionario establece que un traje es un conjunto formado por una chaqueta y un pantalón de la misma tela que, habitualmente, se viste con camisa. Durante décadas, fue el uniforme diario de millones de hombres en todo el mundo. Hoy lo sigue siendo en muchos terrenos, especialmente en el de los poderosos. El traje se viste en cumbres políticas, juntas de administración, reuniones directivas, encuentros protocolarios. Y eso fue probablemente lo que vio Donald Trump cuando recibió al presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, en la Casa Blanca el lunes: una chaqueta, un pantalón y una camisa. Puede que también lo percibiera como una claudicación o un signo de sumisión, porque en su anterior visita a la Casa Blanca, Trump y JD Vance afearon a Zelenski su atuendo —polo negro de manga larga con escudo nacional y pantalones gastados—, en una monumental bronca televisada con atisbos de encerrona de reality show. El nuevo look de Zelenski, más sobrio y elegante, era un intento de evitar la escena de febrero. Sin embargo, en la política, la diplomacia y la indumentaria toda decisión admite varias lecturas. Y el nuevo guardarropa del ucranio tiene muchas.

Entenderlo requiere contexto histórico. La sastrería clásica, hija de la Gran Renuncia Masculina que tuvo lugar en los albores de la revolución industrial, aspiraba a erradicar el oropel del armario viril para sustituirlo por una especie de uniforme: el objetivo era proyectar la idea de que los negocios o la política son más importantes que el color de una levita, y crear una especie de consenso común que permitiese a hombres —siempre hombres— de distintas culturas y orígenes sociales conversar en aparente —pero solo aparente— igualdad de condiciones. Por decirlo de otro modo: si todos llevan traje, el traje (o el debate en torno a él) desaparece. El traje se inventó para no tener que hablar del traje.