A veces lo que haga un autor en su vida privada te puede fastidiar una obra. Es conocido el discurso de que hay que separar la obra del artista, vale, pero eso no quita para que sea más difícil digerir sus narraciones, sobre todo si esa creación puede caer directamente en hipocresía con lo perpetrado por el escritor en su vida real. Sandman, en todo caso, y pese a lo que haya hecho Neil Gaiman, siempre será una de las obras más influyentes e importantes del cómic, y también una de las mejores, pero ya su historia nunca se leerá igual.

Lo mismo sucede con su adaptación televisiva. Y Netflix era consciente de ello. Hace solo unos meses, un detallado reportaje en New York Magazine seguía la estela de un podcast donde varias mujeres denunciaban a Gaiman por agresión sexual y trata de personas. El caso de algunas de las escabrosas historias que allí se contaban se dirime ahora en los juzgados, pero los proyectos profesionales del escritor sufrieron. La serie Good Omens transformó su nueva temporada en una película final, mientras que Los detectives muertos y The Graveyard Book fueron canceladas. La segunda temporada de Sandman siguió adelante hasta contar su final, aunque Netflix decidió esconder del radar promocional su estreno este verano, y además hizo desaparecer a su notorio creador de cualquier material promocional. Los mensajes entre contenido y escritor podían chocar.