Hoy escribo desde la tristeza más profunda por la pérdida de Javier Lambán. La noticia de su fallecimiento me golpea no solo como presidente de Castilla-La Mancha, sino como amigo y compañero de tantas batallas políticas y personales. Javier era, por encima de todo, una persona cabal y honesta. Y muy coherente. En su vida pública y en su vida personal. Al margen de una capacidad intelectual que nadie le discutía, mostraba una cercanía y una humanidad que marcaban a quienes teníamos la suerte de compartir tiempo con él.

Con Javier compartí momentos de trabajo intenso, debates sinceros y también conversaciones largas que iban mucho más allá de la política. Tenía una visión clara de lo que significaba servir a la gente. Defendía sin complejos el municipalismo, la importancia de los servicios públicos y la pluralidad política en su tierra, Aragón. Siempre con un respeto profundo a la diversidad de opiniones y una fidelidad inquebrantable a sus principios.

Su trayectoria política es el reflejo de su compromiso. Desde sus primeros pasos como concejal y alcalde en Ejea de los Caballeros, hasta su etapa como presidente de Aragón, Javier fue un hombre de acuerdos y consensos, capaz de sumar voluntades y de gobernar pensando en todos, incluso en quienes no compartían sus ideas. Esa capacidad de diálogo, combinada con un sentido del humor fino y una lucidez admirable, hacía que incluso en los momentos más tensos encontrara la manera de aportar serenidad.