Que LaLiga se plantee jugar un partido oficial del campeonato en Miami podría parecernos una aberración, seguramente porque lo es. Pero también es un paso consecuente si atendemos a los precedentes. Sin grandes aspavientos de ninguno de sus actores, nuestro fútbol ha ido vendiendo, en los últimos años y al mejor postor, su calendario, sus horarios, alguna competición oficial como la Supercopa y una gran parte de su dignidad y sentido común: ¿por qué no vender, también, la geografía liguera? Desde ese punto de vista puramente comercial que todo lo inunda, el último movimiento de Tebas adquiere una cierta lógica: vamos hacia un Black Friday permanente.
A nadie importa el aficionado —si es que alguna vez importó— y los argumentos utilizados para despreciar la posibilidad de emigrar a los EE UU nada tienen que ver con la experiencia compartida, sino con la caja registradora y una idea bastante peregrina sobre la posible adulteración de la competición. Molesta que esa nueva porción del pastel se reparta entre los bolsillos equivocados, pero no que un aficionado tenga que acudir al estadio un lunes a las nueve de la noche, sin sus hijos, regrese a casa de madrugada y se levante perezoso, en unas pocas horas, porque tiene que ir a trabajar. Y molesta mucho, al parecer, que el partido no se juegue en España, en el templo del equipo local, pero no que las jornadas se diseñen para que en Pekín o en Nueva York puedan disfrutar de los mejores partidos en horarios de máxima audiencia.








