En el set de toda gran producción de fotos, uno nota, lo primero, una tensión casi solemne: cada gesto que se realice aquí, en este momento, impactará luego al resultado final; lo que haga cualquier empleado de cualquier departamento afecta al trabajo de otro. Como en misa, nadie hace nada que no deba hacer. Uno identifica rápido a los jefes de cada equipo: son los que están agolpados sobre las tres o cuatro pantallas que muestran el avance del trabajo. Los ayudantes son los que llevan herramientas encima. El de maquillaje, un zurrón lleno de pinceles, cepillos, brochas, cremas, bases y correctores. El de producción, un móvil en vibración constante y una cajetilla de tabaco a medias.
Este set en concreto, el lujoso Arri Stage a las afueras de Londres en una tarde a principios de junio, cumple con todas estas normas de una producción gigante: solemnidad y tensión, ayudantes y creativos, y, además, una pecera. Medirá unos dos metros largo, y en ella está sumergida la legendaria modelo checa Eva Herzigova. Un hombre noruego, serio como una hipoteca, la retrata, cámara Fuji en mano, acercándose y alejándose de la pecera, interrumpiendo cada ráfaga de disparos para mirar de vez en cuando las pantallas con el resto de jefes. La maniquí asoma de vez en cuando para tomar aire antes de volver al agua, a dejar que la melena rubia cobre formas surrealistas alrededor de su cabeza y frente a su cara. “Siempre hago un papel en las sesiones, nunca soy yo misma. Hoy, por ejemplo, no hago de sirena: soy más una criatura como una medusa”, explica Herzigova tras tres horas en el agua. “No pedí este trabajo acuático, se me asignó. Soy Piscis. ¿Coincidencia?”.











