Cada vez que hacemos barbacoa en casa, repetimos el mismo error de cálculo: echamos a las brasas pinchitos como para alimentar a un batallón; por si fuera poco mambo, añadimos pimientos, berenjenas, cebolla en tiras, tomates y todo lo que suene a vegetal parrillable. En nuestra cabeza suena fenomenal, como si fuéramos a pasar un examen de aptitud para el plato de Harvard. En la vida real, nuestros amigos son españoles y mucho españoles y en una barbacoa le hacen la cobra a todo lo que no sea hincar el diente en algo que suene a carnaca.
A fuerza de acumular sobras de la barbacoa, hemos aprendido a darles vidilla. La clave está en que al pasar por la parrilla, cogen ese sabor tan especial a brasas que realza cualquier plato donde tengas a bien incorporarlas. Lo primero es organizar las sobras con disciplina prusiana: quitar los pinchos y guardar la carne –ternera, cerdo, cordero– en un táper. El pollo marinado, en otro. Si hubiera pinchitos de sepia, calamar o gambas, a otro táper. Las hortalizas braseadas componen otro táper y, finalmente, chorizos, panceta y morcillas van a un quinto táper que llamamos cariñosamente “el táper del colesterol”. Según se perfile la semana, unos irán a la nevera, mientras otros se etiquetarán convenientemente, y acabarán en el congelador como fondo de batch cooking para las cenas de la semana.






