Fulgence, cultivador de vainilla, nunca ha probado el helado de ese sabor. “Una vez fumé un cigarrillo con vainilla”, dice riendo. “No sabía bien. Un poco soso”. Junto a su esposa Georgette, Fulgence pasa los dedos por una montaña de vainas de vainilla de color marrón oscuro y aroma intenso que se están secando sobre una lona al lado de su casa en la aldea de Andasimahay, en el nordeste de Madagascar. “Lo que me parezca a mí no importa”, dice al final, encogiéndose de hombros. “Lo que importa es que podemos vender las vainas a buen precio”.

Madagascar es el principal proveedor mundial de vainilla. Nada menos que el 80% de toda la producción procede de esta inmensa isla del océano Índico. El centro de la industria de la vainilla está en Sava, la región nororiental en la que se encuentra Andasimahay. Tres cuartas partes de toda esa vainilla se exportan a Estados Unidos.

Las vainas de Fulgence y Georgette pueden fácilmente acabar en manos de una empresa estadounidense. A Fulgence no le importa dónde vaya a parar su vainilla, dice. El agricultor parece estar aparentemente ajeno a los nubarrones que se han cernido sobre el sector de la vainilla de Madagascar desde que Donald Trump puso en marcha su guerra comercial con todo el mundo.