Los abogados de Byron Black, condenado a la pena capital por tres asesinatos, habían argumentado que su ejecución podía ser más dolorosa debido al desfibrilador que tenía implantado en el corazón, que podría agudizarse su sufrimiento. Pero las dudas éticas que su caso planteaba no han detenido a las autoridades del Estado de Tennessee, que le han ejecutado este martes mediante una inyección letal.

La ejecución se ha llevado a cabo en el Instituto de Máxima Seguridad Riverbend, en Nashville, después de que el Tribunal Supremo de EE UU y el gobernador del Estado, el republicano Bill Lee, rechazaran las últimas peticiones de clemencia. Black, de 69 años, había asesinado en 1988 a su novia y a las dos hijas de esta, de nueve y seis años. Fue condenado a muerte un año después y desde entonces, hace más de 35 años, ha permanecido en el corredor de la muerte.

El tipo de implante cardiaco, que funciona como marcapasos y desfibrilador, iba a seguir funcionando durante la ejecución, lo que, junto con las alegaciones de la defensa sobre la discapacidad intelectual del reo, añadió un dilema ético al caso. Algunos expertos médicos advirtieron de que el dispositivo podía provocarle repetidas descargas mientras se le inyectaba el cóctel de fármacos letal, algo en lo que se basaron sus abogados para solicitar clemencia.