Hay venenos indetectables, que se inoculan poco a poco, con muestras de desprecio, con desdén, con insultos, rencores y expresiones de odio… Hay venenos que se envenenan con la felicidad de los otros y, entonces, se vuelven letales. Felipe Hernández, a punto de cumplir los 65 años, parecía un hombre feliz. Había encontrado una segunda mujer, Toñi, de la que estaba enamorado. Después de un tiempo juntos, se había ido a vivir con ella a su casa. Tenía pensado jubilarse, y cobrar la pensión máxima, después de toda una vida trabajando en la tienda de su padre, Tejidos Hernández, en el 61 de la Calle Mayor de Molina de Segura (77.500 habitantes, Murcia). Había heredado el negocio familiar, donde se vendieron siempre primeras marcas de moda. Aunque, con los años y el auge de los centros comerciales, la tienda había caído en esa decadencia que habita los buenos comercios de los pueblos. Allí estaba la mañana del pasado sábado 19 de julio, en sus quehaceres cotidianos, sin sospechar que le aguardaba la muerte.

En las imágenes grabadas por la cámara de seguridad se ve como los agresores entran en la tienda. El primero es el mayor de sus cuatro hijos, que empuja la puerta de cristal de la entrada. Le sigue su hija. Él, de 35 años, Felipe, como el padre, licenciado en Derecho y ADE, premio extraordinario de ambas titulaciones y premio nacional también, y ahora opositando al cuerpo superior de inspectores de Hacienda, para seguir los pasos de su madre. Ella, de 31 años, Rosario como la madre, la pequeña de los cuatro hermanos, graduada en Enfermería y Medicina, con el MIR ya hecho y realizando la residencia en Orihuela.