Columnas de fuego, escenografía imponente, hinchables kilométricos y un ejército de bailarines son características que han dejado de entenderse como algo excepcional en los shows de artistas internacionales; ahora forman parte natural de ellos. Especialmente en el caso de las divas del pop, su talento vocal representa ya solo una de las muchas capas que componen sus espectáculos, combinadas con un arsenal de looks customizados, coreografías, acrobacias, discursos… Todo estructurado con un timing milimétrico. Cuando vas a un concierto de Beyoncé, Jennifer Lopez o Lady Gaga ya no asistes únicamente a un concierto: es una experiencia inmersiva, una dinámica de ambición artística que parece aspirar siempre al próximo nivel. Sin embargo, a veces da la impresión de que la burbuja de la especulación creativa está a punto de explotar.

Los incidentes escénicos que vivieron Queen B y Katy Perry son una prueba fehaciente de ello. A finales del mes pasado, Beyoncé tuvo que pausar un concierto después de que un auto volador que utilizaba como utilería mostrara fallas mientras estaba en el aire. Es cierto que los contratiempos pueden ocurrir en cualquier show, pero, ¿realmente es necesario poner a una artista sobre un Cadillac volador por encima de las cabezas de decenas de miles de fans?