Cubos, fregonas, agua y lejía. Son algunas de las herramientas con las que un puñado de residentes de la barriada Miraflores de los Ángeles, en el noroeste de la ciudad de Málaga, salieron hace unos días a protestar. Se quejaban de la falta de limpieza de sus calles y predicaron con el ejemplo: quitaron chicles, eliminaron orines y se afanaron con manchas de todo tipo que evidenciaban no haber visto un cepillo en mucho tiempo. El gesto fue una llamada de atención para el Ayuntamiento porque los vecinos consideran que todos los esfuerzos se centran en dar lustre al casco histórico y las zonas más turísticas para, mientras tanto, olvidar el resto de la capital. Algo que niega el Consistorio, que incluso amenaza con denunciar a quien critique el trabajo realizado por los operarios municipales.

Las polémicas de Málaga con su limpieza son cíclicas. Vuelven una y otra vez, como un mal endémico que nadie termina de arreglar. Es un proceso circular en el que los vecinos protestan, el Ayuntamiento responde, nace una polémica política y después las aguas se calman hasta que vuelve un nuevo temporal en forma de quejas y reclamaciones.

Este verano ha vuelto la tormenta por el hartazgo de muchas barriadas, la mayoría obreras y levantadas en los años sesenta. Son zonas donde —y fácilmente se puede comprobar— la suciedad en las aceras es contante desde hace años y, sin embargo, apenas ven pasar a los trabajadores de la empresa municipal Limasam, que cuenta con 2.200 empleados, de los que 1.800 son fijos.