En sus primeros versos, Freed from Desire –el himno eurodance por excelencia– celebra que las “fuertes creencias” son más importantes que la fama, el poder y el dinero. Una oda antimaterialista que defiende que la libertad, el amor y la alegría son las verdaderas claves vitales, antes de que el célebre “na na na na na” de su estribillo se adhiera como un imán rítmico al cerebro de quien la escucha. Gala Rizzatto, la cantante italiana que escribió esas líneas con apenas 20 años, parecía anticiparse al vaivén vital que seguiría al monumental éxito de su segundo tema como solista. Freed from Desire alcanzó el número uno en 1997 y, casi treinta años después, amenaza con convertirse de nuevo en la canción del verano gracias a su papel como himno del Mundial de Clubes de la FIFA. Un éxito duradero que, paradójicamente, no le ha reportado ni fama, ni poder, ni dinero a su autora, que lleva décadas denunciando la injusticia.
“La gente se imagina que vivo bajo cocoteros, en las Bahamas, bebiendo cócteles en la playa mientras cuento mis millones. ¡Pues no! No tengo ni para comprarme un piso. En las últimas seis semanas he cambiado de dirección cuatro veces”. Alquilando habitaciones y pidiendo favores a amigos, mientras su mayor éxito suena en radios, discotecas y estadios de fútbol de todo el mundo, Gala Rizzatto reconoce que vive como “una nómada”, como “una artista pobre e independiente”.






