No basta con un alto el fuego entre Israel e Irán. Más allá de que tenga que hacerse permanente, hay que reconocer que el fin de los bombardeos no significa el fin del conflicto entre ellos, o en Oriente Próximo. Ni Israel ha cumplido sus objetivos declarados, ni la mediación de Estados Unidos alcanza al encaje de los dos países en una región que recela de ambos. Eso sin hablar del destrozo causado a la legalidad internacional.

La posible aquiescencia de la República Islámica se intuyó en el momento que avisó a Washington de la naturaleza (simbólica) de su represalia. ¿Qué otra cosa podía hacer el régimen de Teherán para sobrevivir al poderío militar de la superpotencia? Pero el silencio de los misiles, si se confirma, no oculta que la guerra desatada por Israel ha dejado un Irán gravemente humillado.

La guerra de narrativas tampoco se sustenta. La línea argumental iraní de que la intervención estadounidense con sus gigantescas bombas antibúnker prueba la incapacidad israelí, no convence ni en las filas propias. Del lado del Estado judío, la propaganda sobre el éxito de la “Guerra de los Doce Días” (desproporcionado paralelismo con la de junio de 1967) contrasta con la evidencia de que no ha logrado sus objetivos declarados: acabar con el programa atómico y con el régimen islámico.