Para entender lo que significa este ascenso para el Real Oviedo hay que viajar atrás en el tiempo. 21 años, 9 meses y 19 días, en concreto. El domingo 31 de agosto de 2003, el club de la capital del Principado de Asturias saltaba al césped del nuevo Carlos Tartiere para enfrentarse al Mosconia de Grado en un encuentro que atrajo a algo más de 4.000 personas. Se celebraba la primera jornada del grupo dos de la Tercera División y los azules estaban en el momento más bajo de toda su historia: últimos, con menos seis puntos por una sanción federativa por impagos.

Cuando sonaron los primeros acordes del himno del club —que arranca con gaitas y se reproduce antes de la salida del equipo al césped— la hinchada sintió un respingo. Era una sensación desconocida. El inicio de aquel partido tan poco aparente —venían de 13 años viendo fútbol de Primera y dos de Segunda— significaba que el Oviedo seguía vivo.

A pesar de haber descendido dos categorías en la misma temporada —una por deméritos deportivos, otra por la gestión económica—; a pesar de que el Ayuntamiento de la ciudad decidió darlo por muerto y fundar otro club que imitaba el escudo original e incluso fichó a algunos de los ídolos de la historia azul; a pesar de tener la hucha tiritando —el entrenador tenía su mesa de trabajo junto a un urinario, ya que el baño era una de las pocas salas del estadio con luz natural—; el Oviedo salía a competir e iniciaba una etapa que se ha cerrado con el ascenso a Primera División.