Varias generaciones de nativos digitales se han criado en la doctrina ardorosa de que la propiedad intelectual era una estafa. Lo que querían decir, sospecho, es que la propiedad intelectual suponía un obstáculo para su objetivo de piratear toda la producción cultural que les diera la gana. Recuerdo que un admirador de Extremoduro llamó a una radio donde estaban entrevistando a R...
obe Iniesta, el líder de la banda, para defender su derecho a bajarse gratis total todas las canciones que el grupo había sacado desde que Robe lo fundó, y que Robe se agarró un rebote antológico: “Pues entonces va a hacer música tu madre” (he suprimido el epíteto).
España, por cierto, ha sido un líder mundial del robo descarado de la producción cultural, lo que tal vez explique que nos pasemos el día rememorando a músicos octogenarios. La violación sistemática de la propiedad intelectual es culpable de que se haya perdido un montón de talento joven. Mi colega Diego A. Manrique, que acaba de publicar El mejor oficio del mundo en la editorial Efe Eme, se ha desgañitado durante décadas en una lucha tenaz contra el magma oscuro de la piratería, pero nadie le ha hecho ni caso. Los nativos digitales prefieren informarse por sus cámaras de eco, esas redes sociales por donde los cuñados se pasean crudos.






