Cuando se acerca el verano austral (en diciembre), miles de millones de polillas bogong (Agrotis infusa) dejan los prados del sudeste de Australia. Procedentes de diversas regiones de la enorme isla continente vuelan durante varias noches (son nocturnas) hasta unas cuantas cuevas de las Montañas Nevadas (Snowy mountains) a más de mil kilómetros huyendo del calor. Tras pasar el estío en letargo, regresan adonde nacieron para aparearse y morir. Lo que hace extraordinaria esta doble migración es que los lepidópteros eclosionaron esa misma primavera, por lo que nunca habían hecho el viaje antes. Una investigación publicada en Nature, la principal revista científica, muestra cómo usan las estrellas para guiarse en la noche.

Que los salmones regresen al mismo río en el que nacieron para procrear y morir después de pasar toda la vida adulta en el mar. Que las tortugas vuelvan a la misma playa en la que eclosionaron para poner sus propios huevos. Que caribúes, en el norte de Canadá, o ñúes, en el este de África, recorran miles de kilómetros en una doble migración. O que una pequeña ave, como el charrán ártico, destaque entre las aves migratorias criando en el Ártico y pasando el invierno en la Antártida, un doble viaje de 20.000 kilómetros, son eventos que intrigan a los biólogos. Pero se trata de especies de las ramas más altas del árbol de la vida. Apenas se conocen invertebrados con habilidades para la navegación. El fascinante baile en ocho de las abejas se apoya en la posición del Sol. Los escarabajos peloteros van en línea recta junto a su pelota de estiércol, también guiados por la órbita solar. Pero lo suyo son trayectos de unos metros o unos pocos kilómetros. Las mariposas monarca son los únicos insectos, que se sepa, que usan el astro rey en sus migraciones estacionales entre Canadá y Estados Unidos hasta México.