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Los humanos nos consideramos los reyes de la creación, en un candoroso ejercicio de chauvinismo de especie que ninguna otra especie puede ejercitar. Un naturalista argumentaría que en realidad el rey es el león, y una naturalista le matizaría que en realidad es la leona, que es la única que hace algo útil en ese matrimonio. Gil Grissom, el protagonista de CSI Las Vegas, apostaría por los insectos, y los guionistas de la serie The Last of Us señalaron los hongos. Todos tienen parte de razón, pero no han profundizado lo bastante. Los reyes de la creación son los virus.

‌Esto es duro de aceptar, sobre todo porque asociamos los virus a algunas de las enfermedades más dañinas que nos afligen, como el sida y la covid-19. Pero los virus patógenos para los humanos son una minúscula fracción de los que existen. A la inmensa mayoría de los virus les importamos un pimiento. Casi todos se dedican a infectar bacterias (son los virus bacteriófagos, o fagos para abreviar), lo que de hecho es una prometedora vía de investigación para tratar las enfermedades infecciosas en estos tiempos de resistencia a los antibióticos convencionales.