Francis Ford Coppola, una de las primeras personas en leerlo, consideraba que aquel guion era una basura pomposa e indigesta. El 1 de agosto de 1975, hace ahora casi 50 años, George Lucas dio carpetazo al que consideraba el primer borrador viable de la futura Star Wars. Desde su punto de vista, ya solo quedaba cerrar los últimos flecos del acuerdo de producción con Fox y empezar a rodar en el área de Los Ángeles a finales de diciembre. Pero a su esposa, Marcia Griffin, y a su socio y amigo, Coppola, aquello les seguía pareciendo una jerigonza incomprensible.

A Marcia, montadora de profesión, colaboradora habitual de Martin Scorsese, le preocupaba especialmente que el gran proyecto de George tras el éxito de American Graffiti se basase en un guion falto de pulso narrativo y deficiente en lo literario. Incluso recomendó a su marido, no sin cierta crueldad, que intentase “leer un poco más” para comprobar por sí mismo cómo se construye una buena historia.

Pero la falta de referentes no era el problema. Adventures of the Starkiller, Episode One: The Star Wars, título provisional del proyecto, había sido fruto de muchas horas de lectura voraz y digestión problemática. Para empezar, Lucas se había inspirado en Las enseñanzas de Don Juan, evangelio new age del escritor (y chamán) peruano Carlos Castaneda, y en los cuentos de hadas del mitólogo neoyorquino Joseph Campbell.