El asesinato a tiros de dos gánsteres escoceses en Fuengirola (Málaga) es el último episodio de una historia que puede terminar muy mal si no se le pone remedio pronto. El doble crimen se perpetró el 31 de mayo a la luz del día y en pleno paseo marítimo de la localidad de la Costa del Sol, una región turística donde conviven 1,2 millones de residentes y —según datos del Centro de Inteligencia Contra el Terrorismo y el Crimen Organizado del Ministerio de Defensa— 113 organizaciones criminales de 59 nacionalidades diferentes, de la camorra napolitana al cartel de Sinaloa. Se trata de una zona de turismo de altísimo nivel, un paraíso de la jet set que ya desde los últimos años de la dictadura se promociona con una fórmula esencial: dar la bienvenida al dinero.
A 15 kilómetros de Marruecos y a una hora en coche del puerto de Algeciras y del paraíso fiscal de Gibraltar, y con una sociedad local precarizada por altísimos niveles de desempleo —especialmente entre los jóvenes— el narcotráfico se ha convertido en una de las principales industrias de la zona. Una fuente de ingresos que, desde Málaga hasta la gaditana Sanlúcar de Barrameda, va calando en todas las esferas de una población castigada por la desatención de las administraciones públicas.






