Nieves Pérez, de 90 años, colgó el teléfono a una amiga antes de bajar del autobús en Madrid. Una vez fuera, fue a coger el móvil de nuevo para seguir hablando con la amiga. Pero ya no estaba en el bolso. “En la puerta había dos hombres estorbando y otro me lo debió robar”, dice Pérez. Era al mediodía y en un rato los ladrones empezaron a sacar dinero y hacer bizums con la app de su banco. Solo había un problema: en su móvil, Pérez no tenía ninguna app bancaria. “Mi madre apenas sabe usarlo, casi no tiene ninguna app”, dice Javier Padial, su hijo.
Aun así, en 1 hora y 49 minutos de actividad frenética, le robaron 2.400 euros en cuatro retiradas de cajero por valor de 600 euros, dos bizums de 500, una transferencia de 998 y un pago con tarjeta de 2,90 euros en un estanco. Cuando Nieves Pérez vio que no tenía el móvil, fue rápido a casa a llamar a su yerno: “Era el único que estaba disponible. Desde su móvil llamamos al personaje y le dije: ‘Me has robado el móvil’”, explica. El tipo le dijo que no, que se lo había encontrado en un banco y que él era un simple repartidor. Casualmente, le dijo, estaba entonces en la otra punta de Madrid, y añadió: “Pero ahora se lo voy a llevar”.
Los ladrones tenían solo un objetivo: ganar tiempo. “La estrategia de esta gente es darte largas para poder hacer muchas operaciones”, dice Padial. El robo puede hacerse rápido porque tiene en realidad pocos trucos técnicos. El más difícil es desbloquear el móvil; y uno de los posibles motivos de robar en autobuses es que es fácil ver el patrón o cifras de desbloqueo si no son muy complicadas.






