Julio Camba era el hombre que no habría ido ni a su propio entierro. Lo decía su amigo César González-Ruano, otro nombre dorado del periodismo español. A Camba no le gustaban las obligaciones. Ni familia ni propiedades, ni filiación política. Tampoco le gustaba trabajar. Mejor quedarse en su habitación pequeña, sombría y barata del hotel Palace de Madrid, donde vivió como huésped fijo desde el verano del 49 hasta su muerte en el invierno del 62, bajo un franquismo que lo domesticó y acalló. O, si acaso, mejor sentarse en un café y ver pasar la vida minúscula, la vida real; esa que Camba hacía sonar en los periódicos como suena la música de café: liviana, de fondo, un poco excitante, veloz.
Él se retrató a sí mismo como un Bartleby: aquel que prefería no hacerlo. Nunca hablaba de literatura. Aseguraba que prefería morirse de hambre a escribir. Detestaba la caduca actualidad periodística. Era refractario a los cenáculos literarios. Rechazó entrar en la RAE. Y su único odio confeso era para “el miserable que inventó la imprenta”, su cadena vital. La condena que lo convirtió en una fábrica humana de producir artículos llenos de yo, de vida y de humor.
Los más brillantes los recogió en Mis páginas mejores. Setenta años después, el anticanónico Camba, de raíz y juventud libertarias, el periodista y escritor que rompió sus archivos y que destruía la correspondencia sin pensar en mañana y menos aún en el mañana, ingresa ahora en el canon de las Letras Hispánicas de Cátedra, la colección de tapa negra que solo alberga a los grandes nombres de las letras en español. Los entremeses de Cervantes, las novelas de Pérez Galdós o Vargas Llosa, el teatro de Lorca y Calderón, la poesía de Quevedo y Machado, las nivolas de Unamuno, los cuentos de Rulfo y Pardo Bazán, las greguerías de De la Serna o los ensayos de Ortega y Zambrano.






