En Nueva York, la ciudad que nunca muerte, los ciclistas nunca dan una pedalada, reparten sus recados con bicis eléctricas trucadas, hablando en español con 20 acentos diferentes, como también lo hacen los obreros de la construcción, los limpiadores de los hoteles los portorriqueños que toman la Quinta para celebrar su día nacional y los camareros del bar de ostras junto al embarcadero del ferry de Governor’s Island donde los miles de espectadores con aire VIP que dan a la competición de vela un tono de torneo de golf, y se ven pancartas que dicen: “A Nueva York la han construido sus inmigrantes”. Y al lado, en el Hudson de la flota de guardacostas, otros que hablan español y tampoco pedalean, pero pelean, como todos, construyen castillos en el agua que flotan y vuelan a más de 70 por hora.

Es una tarde de viento y rachas que se filtran por entre los rascacielos de Brooklyn a la espalda, de olas en el agua que cambia de color cada segundo, de silbidos de los foils rasgando el agua agitada, de luz gris y nítida, de victoria del SailGP de Los Gallos, un equipo, seis navegantes –Joan Cardona, Joel Rodríguez, Bernardo Freitas, Nicole van der Velden, Diego Botín y Flo Trittel—que no son gallitos de feria o de rap sino gallos de pelea en la final, un mano a mano con la Nueva Zelanda de Peter Burling, en la que, con una maniobra de genios, un viraje de instinto y ciencia, condenan al dios de la vela al exterior, a la sombra de verlas venir. “Veíamos que no había mucho viento en la otra boya y Joan [el táctico del equipo] tomó la decisión, dijo que había mucha más presión en la otra boya e hicimos la virada y cambiamos de rumbo”, explica la estratega Van der Velden. “Teníamos bastante claro que es donde había viento, a la vez que era un movimiento arriesgado, pero si no lo hubiéramos hecho nosotros lo habría hecho Nueva Zelanda. Es importante también saber liderar en esos momentos y tener claro y confianza en lo que hacemos”.