La desaparición de Madeleine McCann fue el primer trauma global antes de que las redes sociales fabricasen traumas a diario. Nadie ha logrado explicar aún, 18 años después, qué ocurrió en aquel cuarto de una urbanización turística en Praia da Luz, en el Algarve portugués, donde la niña de tres años dormía junto a sus hermanos mellizos de 18 meses la noche del 3 de mayo de 2007, mientras sus padres, los médicos británicos Kate y Gerry McCann, cenaban junto a siete amigos en un restaurante del complejo como cada noche.

A lo largo de esta semana se han realizado nuevas búsquedas en la zona de Lagos, donde se han rastreado casas en ruinas, para tratar de encontrar pruebas para incriminar a Christian Brückner, considerado por la Fiscalía alemana el principal sospechoso de la muerte de la pequeña desde 2020 e imputado por la Policía Judicial portuguesa dos años después. Para los investigadores, liderados por el fiscal Hans Christian Wolters, puede ser la última oportunidad de acusar formalmente a Bruckner antes de que salga en libertad este otoño, después de cumplir una condena por violar en 2005 a una mujer de 72 años en el Algarve, donde el alemán residió varios años.

En Portugal, la operación ha suscitado escepticismo. “No tengo muchas expectativas sobre los indicios que se puedan recoger. Ha pasado mucho tiempo desde el crimen y ha pasado mucha gente por aquellos escenarios, lo que habrá dañado las posibles pistas”, señala Hugo Franco, periodista de tribunales del semanario Expresso. Tanto la Policía Judicial portuguesa, que participó en el rastreo, como los McCann han declinado comentar las recientes indagaciones a EL PAÍS.