Hizo bien la periodista Marta Nebot en lo de Xabier Fortes en TVE el jueves, cuando increpó a Javier Cercas con chulería digna de un pleno en las Cortes, acusándole de blanquear a la Iglesia católica. En la refriega, el novelista le preguntó si había leído su libro (El loco de Dios en el fin del mundo, su exploración vaticanista sobre Bergoglio), y Nebot respondió que no. Puede parecer un dislate opinar sobre un libro que no se ha leído, pero no hay otra forma de opinar sobre un libro en televisión. Si uno se toma la molestia de leer, luego le cuesta mucho ser categórico. Las opiniones se matizan, se reblandecen, se llenan de cláusulas condicionales, de peros, sin embargos, dilemas, paradojas y silogismos, y así no se triunfa en una tertulia.
Pueden mantenerse las acusaciones maniqueas e injustas después de leer un libro, como bien saben no pocos críticos literarios, pero eso exige un esfuerzo puntilloso: hay que expurgar pasajes, sacarlos de contexto, manipularlos, hacer decir al autor cosas que no ha dicho u omitir información esencial. Porque el problema de los libros es que incluso los cortos son muy largos, y dicen muchas cosas, y hasta los malos y los simples requieren un esfuerzo de refutación muy superior al de un par de zascas en una tertulia de la tele.






