En el hospital regional de Jersón retruenan las órdenes a gritos de un médico. Acaba de llegar otro herido por un dron ruso. Dos enfermeras acuden raudas y se llevan la camilla con las sábanas ensangrentadas. Es 31 de mayo y en las calles del casco viejo de esta ciudad del sur de Ucrania no hay ni un alma. Los sonidos de explosiones son constantes, sean proyectiles de la artillería rusa o drones bomba. “Cada explosión que oyes es una tragedia para nuestra gente”, dice Yevgueni Yimtsov, coordinador de la ONG Triostroi, dedicada a atender a refugiados.

Jersón y sus municipios colindantes tienen una localización maldita. Solo unos dos kilómetros, la anchura del río Dnipró, los separa de las posiciones rusas. En noviembre de 2022 la ciudad fue liberada de la ocupación y desde entonces el invasor la castiga sin descanso. Es difícil encontrar algún edificio que no haya sufrido las consecuencias de las explosiones. De los 300.000 habitantes que tenía antes de la guerra, hace más de tres años, ahora solo quedan 80.000.

En cada avenida, cada 100 metros hay construcciones de hormigón para que los transeúntes se refugien en caso de ataque. Las paradas de autobús, los parques infantiles, los cajeros automáticos o los accesos a los supermercados están protegidos con columnas de sacos terreros. Olena Kordik es una florista de la calle Pujachova. Algunos cristales del escaparate de su tienda están rotos. Es domingo por la tarde y no hay ningún cliente a la vista. En marzo, un dron golpeó el edificio de enfrente. Un portavoz de la administración militar indica que los rusos creían, erróneamente, que allí había un centro de distribución de drones ucranios.