La semana tiene nombre propio: Builder.ia. Se trata de una start up británica que llamó la atención de medio mundo con una premisa tan seductora que parecía irreal. Según decían, la empresa permitía desarrollar aplicaciones de forma automatizada y sin ningún tipo de intervención humana. Llegó a estar valorada en más de 1.500 millones de dólares y la estrella de la marca era Natasha, una inteligencia artificial (IA) que, en teoría, podía diseñar y codificar aplicaciones siguiendo solamente las peticiones de los usuarios. “Tan fácil como pedir una pizza”, era la ingeniosa frase con la que se publicitaba. Resultó que todo era una farsa, de la que se han hecho eco desde hace días medios como Bloomberg o CNBC.
La compañía no es que exagerara el papel de la inteligencia artificial en los procesos de desarrollo de las apps que demandaban los clientes; es que directamente ocultó que casi todo el trabajo lo hacían en realidad trabajadores humanos en la India. La empresa tenía a más de 700 ingenieros contratados en Asia que picaban código, a mano y a destajo, y luego enseñaban el producto como si fuera fruto de un avanzadísimo algoritmo. Y no solo era una estafa al consumidor: la compañía fingía contratos, amañaba sus cuentas e inflaba el número de usuarios para captar inversores. Y le funcionó: el fondo soberano de Qatar metió mucho dinero y Microsoft llegó a invertir más de 400 millones de dólares en el proyecto. Con estos mimbres hay quien, de hecho, ya habla de que se trata de la primera gran estafa de la era de la IA.






