El cine contemporáneo sigue sacando partido al arte del ballet clásico, pero no para mostrar su belleza, sino su crudeza, la severidad de sus ensayos, el sufrimiento físico y psicológico de sus bailarinas, y la forja, según las películas, de verdaderas máquinas de resistencia ante el dolor y las encrucijadas de la vida. Así, a títulos ambientados en su universo, pero que aprovechaban para hablar también de aspectos emocionales, personales o sociales en principio ajenos a su mundo —Cisne negro, Girl, Las niñas de cristal…—, se han unido historias que simplemente aprovechan la aspereza de su formación, y la consolidación de un modo de habitar a partir del padecimiento, para componer aguerridos personajes femeninos dispuestos para la acción y la destrucción física, e incluso para el espionaje.
A Gorrión rojo (2018), con Jennifer Lawrence pasando directamente, y a la fuerza, de los ensayos en el teatro del Bolshói a la brutalidad del entrenamiento en los servicios secretos rusos y a convertirse en una matahari del siglo XXI, sin apenas notar la diferencia, le sucede ahora Ballerina, título perteneciente a la franquicia de acción, espionaje, neonoir y artes marciales John Wick, aunque desplegada en buena parte de su historia como un spin-off, como un producto escindido de la historia original protagonizada hasta ahora por Keanu Reeves. Aquí es Ana de Armas quien lleva las riendas, proveniente de una de las tramas paralelas de John Wick 3 (la academia de danza que regentaba Anjelica Huston), aunque los admiradores de la saga no se quedarán sin la ración de empoderada inexpresividad del renacido para el estrellato Reeves.










